lunes, junio 14, 2004
"Para cambiar la historia"
La República, por algún motivo que escapa a mi entendimiento tiene un conflicto continuo con el pasado. Con el advenimiento de la llamada Restauración Nacionalista, se inventó una versión reescrita de la historia argentina, aborto literario enmascarado bajo el nombre de "Revisionismo Histórico" muy del gusto de la seudo intelectualidad setentista.
Siempre me pareció una preocupante patología esto de pensar que nos contaron la historia cambiada, incorporando siempre la hipótesis conspirativa: Alguien nos hizo creer lo que no es: nuestra historia sería un gran compilado de de diarios de Yrigoyen.
Yo mismo sostengo -y lo remarco a mis alumnos- que la Historia admite infinitos relatos y visiones. Esta multiplicidad de relatos significa agregar piezas a un rompecabezas, fragmentos a un collage. Es una diversidad positiva, nunca destructiva.
Sin embargo en la Argentina, donde campea la visión única de las cosas, un relato no admite ser complementado por otro: debe ser sustituido, borrado. Bien lo expresa Litto Nebbia: "Si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia". Menem no propuso Mejorar el futuro. Habló de Cambiar la historia.
Hay algo orwelliano en este conflicto con el pasado. Winston Smith hacía un trabajo que sería muy bien remunerado en este país: modificaba lo publicado en diarios viejos, de manera que el texto impreso siempre coincidiera con el mensaje actual del régimen.
Hay algo muy orwelliano en la pasión por reescribir la historia. El museo en la ESMA, el cuadro de Videla, las indemnizaciones a los muertos del 56 (del 56!!), se conjugan con el escarnio público al que se pretende someter al que piensa distinto, o a lo que representa una visión alternativa del mundo.
Para una guerrilla semiológica
En defensa del Crimen de Pensamiento
Umberto Eco, en su libro La Estrategia de la Ilusión dedica muy buenas reflexiones a la galaxia de la comunicación electrónica, dando un par de vueltas de tuerca a Marshall McLuhan y a su Media is the Message.
Eco señala (anticipando el presente mediático, aunque atrasando respecto a Orwell) que un país no pertenecerá a quien controle la policía o el ejército, sino a quien controle los medios de comunicación. Que la información dejó de ser un instrumento para producir bienes económicos, para convertirse en un bien en sí mismo y más aún, remarca que los medios de comunicación de masas no son portadores de ideología, son en sí mismos una ideología.
En la Argentina actual, en que el gobierno maneja sus actos a fuerza de golpes mediáticos y según las pulsiones de las encuestas, y en que la "oposición" está constituida apenas por dos o tres figuras sin poder fáctico pero con buena performance televisiva y radial, los medios se han convertido en una verdadera extensión de la sociedad, usado este término con el significado que le asigna a esta palabra McLuhan. El ojo escrutador del Gran Hermano vigila y detecta a todo el que piensa distinto, que inmediatamente es tildado de Conspirador.
Pero hay que remarcarlo, Eco destaca que quien tiene el poder puede dominar al canal (la emisora de TV, de radio, el diario) y puede controlar a la fuente (el periodista, el redactor) y que en estas circunstancias ante la imposibilidad de dominar los medios, la única salida es practicar la guerrilla semiológica: quien tiene el poder no puede controlar la manera en que el destinatario interpreta el mensaje.
En un país en que el mensaje es casi único nos queda alterar la manera en que la gente da cuenta del mismo. O sea, según Orwell motorizar el Crimen de Pensamiento.
Salud, Winston.
